Fotografía: Josep Maria Oliveras

SANT NICOLAU
Pinturas. Julio - septiembre 1990

No hay duda de que Roser Oliveras continua pintando las paredes y techos de su habitación cerrada de una forma tan personal, que su estilo se convierte en inclasificable.

Un día de esta primavera, no esperó, como había acostumbrado a hacer últimamente, que llegase la penumbra espesa de una noche con poca luna para iniciar un nuevo fresco: cuando tuvo el paño liso y los pinceles a punto, y abrió los postigos, la luz aún era intensa, que era el atardecer y el sol aún escogía montaña. Pero, además, al acercarse al ventanal, en lugarde las coctelerías y reservados de Beverly Hills, se encontró-oh, sorpresa!- Estambul, con los puentes, agujas, murallas, colinas de oro, tumbas y fuentes de mármol.

Primero pensó: añoraré Scott Fitzgerald y sus fiestas en su jardín, el aniversario de King Vidor, Dolores del Rio, Tamara de Lempicka y las modelos amigas; pero inmediatament, en el corto instante que un rayo hizo fluorescente Scútari, reconoció el amante de Justine, vestido de azul, volando por el laberinto, Dürrell que desde abajo y con la mano alzada le saludaba, y Chatwin, irónico y espectral, escribeindo a Caron una postal.

Una vez el sol escogió donde dormir, se hizo un intenso silencio y apareció un palacio, detrás de los jardines del Serrallo, las paredes del cual concentraban, como si fuera un espejo, todos los colores de aquella ciudad: naranjas y calabaza clara, argentados, ocres, azules esmerilados, de carmín, oxidados y malvas.

Antes de hacerse de noche, dado que en algunas terrazas los fumadores de narguil encendian verlas y los ventanales se llenaban de ojos, aún tuvo tiempo de retener en la memoria dos escenas cotidianas. En la primera, una pareja reposaba de actos concupiscentes delante de la bahía del Mármara. La otra era un retrato familiar: dos árabes y la abadesa de un convento cristiano celebraban la visita de un amigo torero y tomaban almáciga sobre un fondo dorado.

Ayer, mientras acababa el fresco de siete partes que empezó aquel anochecer, alguien, sin decir palabra, le entregó por debajo de la puerta de la estancia el fragmento de un diálogo del poeta Saramago: "Eres pesimista. No llego a tanto, me limito a ser escéptica de la espécie radical. Un escéptico no ama. Al contrario, el amor es probablemente la única cosa en la cual el escéptico aún puede creer".

Gabriel Planella. Girona, mayo 1990. Publicado en el catálogo de la exposición.