Fotografía: Josep Maria Oliveras

VIAJE DE 37 MINUTOS

Hombres que lanzan fuego...,
Autobús nuevo, conductor borracho.
Cuatro en total, todos a ninguna parte.
Dos color chocolate.
Dos con síndrome.
El último desorientado, la mano rascando en el bolsillo.

El lugar no se ha movido, puntualmente todos llegan y allí mismo se dispersan como si los números entre ellos no fuesen correlativos. Cogida de billetes, toma de caramelos, regaliz y diarios de intelectualidad. Esperanza y desesperanza se produce en el hangar.

Hombres que lanzan fuego (solamente uno)
Que miedo!

Tercera edad, cabellos blancos, apretados dientes de mecánico, compañía de viaje a un lugar de piedras y cuatro aguas, pero el tercer candidato de pago, aparece con pata negra, niño blanco y pequeño chino. Ojos de aviador planean por el patio de butacas y al punto el comboy se pone en movimiento, siguiendo los railes de la velocidad. Momentos de pausa, entre los constantes intercambios de palabras no computadas, todos juntos contagio de enfermedades y de funcionarios, a la residencia Alvarez de Castro, hace presa entre los viajeros..., pero de repente el placer residencial de enfermedades es roto por el sonido del silbato oscuro. La llegada se hace inminente. Como tocados por resortes están amontonados contra las puertas eléctricas, no pueden salir. Entre los viajeros hay un carterista (enemigo) que les hace permanecer en el interior. De repente el hombre de pata negra, el primero de ellos detrás del burladero, a punto de hacer la salida, cae de espaldas al arcén, y así saben, entre gritos de dolor, que han sido liberados. En cambio, otro pasajero es detenido (el carterista).

Llega la despedida del corto viaje y larga llegada.

Escaleras mecánicas.
Solamente un hombre de fuego.
Cabellos blancos, dientes apretados, babas claras.
Primero de la fila blanco, pata negra, niño chino y niño del pais.
Todos intercambian direcciones, títulos nobiliarios y guias turísticas.

Ninguno ha quitado los ojos del interior de esta rulot compartida de 37 minutos, no se han tragado ni el cielo ni las montañas, ni los cables de tensión, siempre gemelos igual que las vías, palomas, railes y engranajes; pues siempre están ahí y jamás nadie los repasa para encontrar el fallo. No lo habrá.

Todo el mundo lo sabe, nadie lo tiene escrito.
Es el último síndrome de Estocolm.
Son cuatro viajeros, son cuatro bien avenidos.
Ninguno de ellos se lo creerá jamás.

Qué resplandor.
No estás; qué haces?

Depositaria / Oliveras i Oliver


Publicado en el catálogp de la exposición "Pintures / 1987-1989".